viernes, 29 de julio de 2016

Ana Teresa Fabani. Nada tiene nombre.



Ana Teresa Fabani

Selección poética de su obra “Nada tiene nombre” (1949)





“Mis días son como la sombra que se va.
Y heme secado como la hierba”
(Del libro de los salmos)




Perdida en esta sombra estoy ahora 
sin saber donde voy ni donde he ido. 
No me acuerdo tampoco si he crecido
después de conocerme o si de ahora
soy de esta soledad que en mí ha nacido.

Oí pasos sigilosos que han venido
por detrás de mi sombra hora por hora
y escuché llamar nombres que he querido.
Pero ahora ya sé que no es mi oído
el que escuchó ni es voz que tenue llora
la que se oyó. Es hálito perdido
que, como yo perdida en sombra ahora,
va por el aire y en el aire asido
como la cavidad rota de un nido
roza a mi soledad. Y juntos oran.




Piso la noche y partoNo es olvido
este silencio que en la sien, partido,
queda detrás de mí, ni es alborada
que apenas toca el borde de la almohada.
No es tampoco la estrella que ha caído
ni es el pájaro alegre que, dormido,
deja en el aire un ángulo vacío.
Este silencio que quedó, tan mío,
es mi paso y mi voz. Y una serena
garza del río cruza leve, apenas,
la noche en donde parto y mi mirada.
 Piso la noche y parto. Pero alada.
Y esto quizá ni es sueño ni sea nada.




II

Piso la tierra y parto. Me parece 
que todo este camino fue antes tumba
y al pisarlo mi pie se desvanece.
Si en el aire me quedo se derrumba
desde el aire mi cuerpo, y es que acaso
haya una voz llamado al oír mi paso.
Acaso haya una mano, que, olvidada,
ha tirado del aire, y yo enredada
con el aire, en el aire me he caído.
Vuelvo a pisar la tierra. Ya ha nacido
una luz que me piensa, y se ha apagado
casi al nacer. Es eso inanimado
que, atrás de la razón, me desconcierta.
Piso la tierra. Ya la huella abierta
me persigue y me cansa, y sin embargo
debo seguir el pie que se hizo largo.




que reposas ya, guarda el olvido.
Tú que lloraste sobre el bien perdido
piensa que morirás quizá mañana
y que nadie vendrá por tu ventana
a despertar tu sueño, dolorido.

Todo lo que la vida nos ha dado
parece así, termina así, en la nada.
Y todo lo que somos olvidado
será después. Ni voz enamorada
ni palabra o ensueño ni mirada
podrán tu sueño despertar o el mío.





Callada y triste cosa será el morir.
Callada y triste cosa. Nada ha de oír,
Nada ha de ver jamás, ni ha de sentir.

Callada y triste cosa no verte más.
Callada y triste como el morir será.
Sí, como el morir será no verte más.




Este cielo, estas nubes, la callada
hora de soledad en que reposo,
me han dejado en el alma emocionada
el temblor de la dicha que no gozo.

Quise traerla a mí, pero ya alada
era mi soledad, y en ella preso
el corazón está. Y yo le rezo
a las nubes y al cielo -enamorada
de todo lo que vive en todo eso-
para que a mí, que ya no tendré nada,
no me dejen morir sin su regreso.




Crece la luz y crece la mañana
sobre el párpado leve que ha dormido
Y en el sueño en que apenas se ha creído
deja de conocerse el alma vana.
Ya no se resucitan, ni se tiene
La sensación del ala, ya no viene
un ángel a mirar mi pensamiento.
Apenas tiembla el alma en todo eso.
Apenas, pero es ella lo que siento.
Se me va ya, y a la luz con suave peso,
lo va empujando al ángel por el viento.




Desgajada la rama. El ala quieta. 
Quebrada la palabra en el sonido, 
y en el silencio que quedó reunido
dejó de ser la voz y ha enmudecido.

Detenido en el límite del frío
también mi corazón, como una rosa
que se deshoja sobre un claro río,
siente que nada queda de las cosas.
Y cree que ya nunca habrá otro estío.




Cava la lluvia su perfil de arena. 
Y, en el tul de la tarde, la azucena
de otro recuerdo se amanece... Y calla.

Mi voz, la de antes, me penetra y habla,
diciendo un nombre... describiendo un día…
volviendo a repetir palabras mías...

Cava la lluvia su perfil de arena.
Y en esta soledad que me encadena, 
entre la lluvia te presiento, y voy

por otro tiempo. Y en tu tiempo estoy.




Detenida en la tarde, cómo duele
detrás del corazón que la entrecierra,
esta ausencia de pájaro que muere
ante el asombro que le da la tierra.

Buscada está la luz, para la sombra.
Deshecha la esmerada en la colina.
Y está esa voz, que ya casi me nombra,
derramada en el agua cristalina.

Una nube quizá, como un amigo
hoy me acompañe, mientras crece un lirio
su vertical asombro de estar vivo.

Se deshace el dolor que va conmigo
como la llama si deshace un cirio
Y siento a un corazón que me da abrigo.




Tiene color de pájaro anidado
en una madrugada lenta y fría
Color de cerrazón vista en el prado,
y de llovizna en el dintel del día.

Tiene color de manos de una muerta,
entre la noche, a un crucifijo asidas
Y el color de los huecos de las puertas
donde están viejas almas escondidas.

Tiene color de iglesia y de incensario.
De una mirada vista atrás de un cuadro.
Tiene el color de la ceniza al viento
la tristeza que adentro de mí siento.




Está la noche quieta... escucho el ruido
de una hoja que cae, de una mirada,
de una mano que está puesta en mi almohada
y detiene en su hueco mis latidos.
Por la sombra se arrastra un paso suave,
como quien busca un rastro que ha perdido
o trae por la tierra un cuerpo de ave.
También me pareciera que ha venido
mi pequeño y lejano hermano muerto,
y en las sombras su mano me extendiera
con temor de mis ojos tan abiertos
que a pesar de mirarlo no lo vieran.
Y junto a él, apenas leve y cierto,
siento que estará aquel que tanto amara
también mirándome como si muerto
estuviera también. Y se acercara.
Siento que el grito a mi garganta sube
y una lágrima crece a mí mirada.
Todo lo que yo amara, lo que tuve,
se fue alejando así, y ya no hay nada.




Si la luz llega entorna la ventana.
Y en el cristal que anoche hubo abierto
deja que siga al sueño, y ya lejana,
busque en el sueño incierto lo que es cierto.

Si la luz llega, cierra la ventana.
Posa la mano en mi, que si despierto
no me encuentre perdida en la mañana
como un rostro creciendo en un desierto

Si la luz llega apaga la ventana.
Y apóyate en mi cuerpo, casi muerto.
Busca en mi corazón esa campana
que irá diciéndote mi desconcierto.

Porque envuelta en el sueño, ya cercana
a la voz, a la fuente, al triste huerto,
me alcanzara en la orilla la mañana.

Si la luz llega, apaga la ventana.
Y apóyate en mi cuerpo, aun no despierto,
para salvar de mi  lo que no ha muerto.




Por toda la ciudad se dice el alba 
y en todas las colinas se despierta.
Sólo en mi corazón nadie la salva
de ser pálida luna descubierta.

Por la hoja que cae, cae la mirada,
y en la ronda que dista a mi ventana
una medida alarga una alborada.
Sólo en mí yo detengo a la mañana.

Pasa el pájaro y canta porque crece
sobre su corazón la luz que ama.
Suspendida en un sueño que la mece
sólo en mí está la noche que me llama.

Por toda la extensión se anuncia el día
y en todos los caminos se agiganta.
Sólo en mi corazón, que nadie guía,
crece la soledad como una planta.




Hay un ángel que viene de la nada
Y se me va acercando despacito.
Llega por la penumbra en la alborada
cuando el sueño -nivel de lo infinito-
cruza su soledad sobre mi almohada.
Me deja sobre el hombro su mirada
y por la huella de su voz lo sigo.
Y sé qué soledad está conmigo.

La soledad avanza y a mi lado
quiere borrar al ángel, pero nada
detiene este perfil de mi mirada
donde su sombra crece. Desolado
mi corazón le llama cualquier nombre.
(No importa que mi voz ya no lo nombre).

Huye como una hoja por el viento.
Y delante de mí, en el aire, siento
que una tumba se cierra. Y más lo llamo
y le vuelvo a decir: sueño que amo
regresa a mí, regresa a mí, llorada
lágrima que te escondes en la nada.




Pasa… y mira el color que tiene el muerto.
Pasa… y mira su mano que, caída
sobre el pecho va nunca más despierto,
se parece a una flor que está sin vida.

Pasa… y mira el color que da la muerte.
Y mira por detrás de la ventana
si la rosa y el ala se divierten.
mientras queda a tu lado, muda, vana,

en la muerte acostada, sin moverse,
la hasta ayer vertical corola humana.
Pasa… y mira el silencio que, al crecerse,
parece florecer en la mañana

un gran pétalo gris, sin voz, inerte,
también él coloreado por la muerte.




Rodeándome su sombra va y la siento
y en la mirada está y en el pensamiento
la lleva en él -la lleva dibujada-
nada puede borrarla, y si mojada
por lágrima constante es incolora
nada puede borrarla porque ahora
adentro ya de mi la muerte llora.
No tiene más dolor que el que yo canto,
ni más nostalgia tiene ni más llanto
pero sabe que ya no hay nada, nada
para salvar, si sueño enamorada,
o si despierta busco una mirada.

Por eso duele más, por eso tanto
llora la muerte en mí su largo llanto.




Solo el ángel que nunca se ha dormido
está en mi corazón pero callado
como si fuera un pájaro acostado
sobre las hojas secas de su nido.

Apenas como el aire, como el viento,
como la flor será, pero lo siento
cuando el dolor se rompe en mi costado.

Hoy solo se ha quedado el ángel mío
y nada más habrá. Sobre la arena
su sombra ya será la sombra apenas
de una nube que pasa sobre un río.






(Otros poemas de A. T. Fabani)





Si nada te quedara, cuerpo mío, 
ni la sombra ni el paso... Si ni el alma
te pudiera quedar!... Y en esa calma
de no ser nada más, siguieras mío...

Si nada te quedara y no sintieras
más el tiempo que pasa, ni el hastío;
si al besarte unos labios no sufrieras
un agudo dolor… Y aún fueras mío...

Si nada te quedara y, sin embargo,
el viento se estrellara todavía
contra ti, como en árbol fino y largo…
Y al dejarte te oyera decir: mía...

Si no fueras ya más, ni más yo fuera,
y quieto este equilibrio, cuerpo mío,
entre tu ser y yo, se nos muriera;
¿sentirías después que has sido mío?




Todo tiene el color de una alborada... 
La sombra que en el paso se convierte
y la flor por la lágrima mojada
tiemblan, porque soñaron con la muerte.

Sobre el nivel que tiende la mañana
tiembla mi corazón que no ha dormido,
y estalla su temblor en la campana
donde empieza el murmullo a ser sonido.

Parece que la rosa está más rosa
y que el dolor ni fue ni se sucede,
y el ángulo de luz que hay en la fosa
parece un árbol en la sombra leve.




Cómo duele el silencio que no quiebre 
ni una hoja que caiga, ni pisada.
Cómo duele la piel sí, aún en mi fiebre,
yo la siento en el frío desolada.

Por eso en esa voz que me ha nombrado
cuando en la sombra pienso que estoy vivo,
me llega ese dolor por mí esperado
sin saberlo quizá... Y está conmigo.

Por eso hay una mano descarnada
que en la noche me espera y me acompaña,
queriéndome decir que no hay más nada
detrás de nuestra voz que nos engaña.




La tristeza de estar no es la tristeza 
que se llora en la lágrima del llanto.
es esa soledad que duele tanto,
es esa soledad, es sólo ésa

quieta manera de mirar la brisa
cómo pasa y se vuelve, de oír el canto
del pájaro y del agua y de la risa,
y no poder cantar, tener un manto

delante de la voz y la mirada;
tener esta tristeza trastornada
adentro de mi ser, y sufrir tanto...



II

Sensación de tenerme y no tenerme,
apenas sueño acaso no olvidado
y aún esta ansia de ser, enamorado
vaivén, que nunca nada ha de traerme.

Esta manera de vivir sin paso,
de viento que pasó, de mero acaso,
de soledad pequeña y extendida
sobre el ángulo roto de la vida.




III

Nada se detendrá sobre mi hastío,
ni el pájaro que canta ni la rama,
ni la mano o la sien, sólo este mío
corazón que ni nombra ni se llama.

Sólo la soledad, muerte apagada
desde el pino y el alba acompañada.
Sólo la soledad y acaso eso
que permanece siempre y es la nada.
Sólo la soledad, constante peso
sobre mi corazón, iluminada.




Seré yo acaso tiempo que pasó 
estrella o voz o canto que murió?

Todo vive, todo es, todo lo siento.
Cae una estrella a veces y en el viento
corre una voz que canta o se lamenta
pero sólo soy yo una sombra lenta.

Pienso que nada sé y que nada he visto
de todo lo que el mundo lleva en sí.
Y vuelvo a preguntarme si es que existo
o si soñando estoy, si ya viví,
si acaso ya no soy, si nunca he sido
o es esta desazón que en mí hace nido
ese dolor de ayer que aún siento en mí…




Ya no es la misma sombra que perdura 
su desolado corazón obscuro
atado al pie de mí alma y mi figura...
Ya no es el mismo amor, otro maduro
conocer ha venido a mí, callado.
Yo lo escucho pasar, solo, a mi lado
cómo pasa en la noche aquella estrella
que se pierde en el aire, enamorado
cáliz de luz que nunca deja huellas.
Y el amor es así cuando ha pasado.




MI ANGUSTIA

Los días no me llevan de la mano
ni la nube ni el pájaro, es en vano
llamar al aire que habla en las colinas
o detener la sombra en la neblina.
Ni la luz ya del sol me dará vida.
Pero yo pensaré que estoy dormida
por no llorar por mí si sé que ahora
ya no veré el ocaso ni la aurora.
En otro país, lo sé, por otro mundo,
sin saber sí me elevo o si me hundo,
 iré sin pie, sin nombre y sin mirada,
iré buscando qué? ¿Será la nada,
nada más que la nada?, o todo eso
que existirá después será un regreso
a una casa de antes, a una orilla
donde la flor sea pétalo y semilla?
Pueda ser que haya voz y haya mirada,
que haya una mano quieta o levantada,
que haya una brisas un árbol, una rosa,
un perfil o un fantasma de las cosas
que al costado de mí se han conocido.
 Puede ser todo, todo, pero olvido
 que ya no podré oír. No seré nada...
No escucharé la voz, no habrá sonido,
no habrá silencio, no, para mi oído.
No habrá ni ocaso en él ni habrá alborada.

(Inédito)


Ana Teresa Fabani
(Entre Ríos 1922-1949)



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