miércoles, 20 de febrero de 2013

Andrés Fernández de Andrada. Epístola Moral a Fabio.


EPÍSTOLA MORAL A FABIO-XXII-.(TERCETOS)


Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere,
y donde al más astuto nacen canas.
El que no las limare ó las rompiere,
ni el nombre de varón ha merecido,
ni subir al honor que pretendiere.
El ánimo plebeyo y abatido
elija en sus intentos temeroso
primero estar suspenso que caído:
Que el corazón entero y generoso
al caso adverso inclinará la frente,
antes que la rodilla al poderoso.
Más triunfos, más coronas di al prudente
que supo retirarse, la fortuna,
que al que esperó obstinada y locamente.
Esta invasión terrible é importuna
de contrarios sucesos, nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar, como á la fiera
corriente del gran Betís, cuando airado
dilata hasta los montes su ribera.
Aquel entre los héroes es contado
que el premio mereció, no quien le alcanza
por vanas consecuencias del Estado.
Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fué, cuando regía
con su temida espada y su balanza.
El oro, la maldad, la tiranía,
del inicuo procede y pasa el bueno;
icitié espera la virtud ó qué confía?
Ven y reposa en el materno seno
de la antigua Romúlea, cuyo clima
te será mas humano y más sereno.
A donde por lo menos, cuando oprima
nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:
«blanda le sea», al derramarla encima.
Donde no dejarás la mesa ayuno
cuando te falte en ella el pece raro,
ó cuando su pavón nos niegue Juno.
Busca, pues, el sosiego dulce y caro,
como en oscura noche del Egeo
busca el piloto el eminente faro:
Que si acortas y ciñes tu deseo,
dirás: «lo que yo precio he conseguido,
que la opinión vulgar es devaneo.»
Más precia el ruiseñor su pobre nido
de pluma y leves pajas, más sus quejas
en el bosque repuesto y escondido,
Que agradar lisonjero las orejas
de algún príncipe insigne, aprisionado
en el metal de las doradas rejas.
¡Triste de aquél que vive destinado
á esa antigua colonia de los vicios,
augur de los semblantes del privado!
Cese el ansia y la sed de los oficios;
que acepta el don y burla del intento
el ídolo á quien haces sacrificios.
Iguala con la vida el pensamiento,
y no le pasarás de hoy á mañana,
ni quizá de un momento zi otro momento.
Casi no tienes ni una sombra vana
de nuestra antigua Itálica esperas?
¡Oh error perpetuo de la suerte humana!
Las enserias grecianas, las banderas
del Senado, y romana monarquía
murieron y pasaron sus carreras.
Qué es nuestra vida más que un breve día
do apenas sale el sol cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
¿Qué es más que el heno, ä la mañana verde,
seco á la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
Será que de este sueño me recuerde?
Será que pueda ver que me desvío
de la vida viviendo, y que está unida
la cauta muerte al simple vivir mío?
Como los ríos en veloz corrida
se llevan á la mar, tal soy llevado
al último suspiro de mi vida.
De la pasada edad ¿qué me ha quedado?
dó qué tengo yo, á dicha, en lo que espero,
sin ninguna noticia de mi hado?
¡Oh si acabase, viendo cómo muero,
de aprender á morir, antes que llegue
aquel forzoso término postrero!
¡Antes que aquesta mies inútil siegue
de la severa muerte dura mano,
y á la común materia se la entregue!
Pasáronse las flores del verano,
el otoño pasó con sus racimos,
pasó el invierno con sus nieves cano:
Las hojas que en las altas selvas vimos,
cayeron: ¡y nosotros ä porfía
en nuestro engaño inmóviles vivimos!
Temamos al Señor que nos envía
las espigas del año y la hartura,
y la temprana lluvia y la tardía.
No imitemos la tierra siempre dura
á las aguas del cielo y al arado,
ni á la vid cuyo fruto no madura.
¿Piensas acaso tú que fué criado
el varón para rayo de la guerra,
para surcar el piélago salado,
Para medir el orbe de la tierra,
y el cerco donde el sol siempre camina?
¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!
Esta nuestra porción alta y divina,
á mayores acciones es llamada,
y en más nobles objetos se termina.
Así aquella, que al hombre solo es dada,
sacra razón y pura me despierta,
de esplendor y de rayos coronada:
Y en la fría región dura y desierta,
de aqueste pecho enciende nueva llama,
y la luz vuelve á arder, que estaba muerta.
Quiero, Fabio, seguir á quien me llama,
y callando pasar entre la gente,
que no afecto los nombres ni la fama.
El soberbio tirano del Oriente,
que maciza las torres de cien codos
del cándido metal, puro y luciente,
Apenas puede ya comprar los modos
del pecar: la virtud es más barata,
ella consigo misma ruega á todos.
¡Pobre de aquel que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares,
perseguidor del oro y de la plata!
Un ángulo me basta entre mis lares,
un libro y un amigo, un sueño breve
que no perturben dudas ni pesares.
Esto tan solamente es cuanto debe
naturaleza al parco y al discreto,
y algún manjar común, honesto y leve.
No porque así te escribo hagas conceto
que pongo la virtud en ejercicio:
que aun esto fué difícil á Epicteto.
Basta al que empieza, aborrecer el vicio,
y al ánimo enseriar á ser modesto;
después le será el cielo más propicio.
Despreciar el deleite no es supuesto
de sólida virtud, que aun el vicioso
en sí propio le nota de molesto.
Mas no podrás negarme cuán forzoso
este camino sea al alto asiento,
morada de la paz y del reposo.
No sazona la fruta en un momento
aquella inteligencia, que mensura
la duración de todo á su talento.
Flor la vimos primero hermosa y pura,
luego materia acerba y desabrida,
y perfecta después, dulce y madura.
Tal la humana prudencia es bien que mida
y dispense y comparta las acciones
que han de ser compañeras de la vida.
No quiera Dios que imite á estos varones
que moran nuestras plazas macilentos,
de la virtud infames histriones:
Esos inmundos trágicos, atentos
al aplauso coman, cuyas entrañas
§on infectos y oscuros monumentos.
¡Cuán callada que pasa las montañas
el aura, respirando mansamente!
¡qué garrula y sonante por las cañas!
¡Qué muda la virtud por el prudente!
¡qué redundante y llena de ruido
por el vano, ambicioso y aparente!
Quiero imitar al pueblo en el vestido,
en las costumbres solo á los mejores,
sin presumir de roto y mal ceñido.
No resplandezca el oro y los colores
en nuestro traje, ni tampoco sea
igual al de los dóricos cantores.
Una mediana vida yo posea,
un estilo común y moderado,
que no lo note nadie que lo vea.
En el plebeyo barro mal tostado
hubo ya quien bebió tan ambicioso
como en el vaso múrico preciado;
Y alguno tan ilustre y generoso
que usó, como si fuera plata neta,
del cristal transparente y luminoso.
Sin la templanza ¿viste tú perfeta
alguna cosa? ¡Oh muerte, ven callada
como sueles venir en la saeta!
No en la tonante máquina preñada
de fuego y de temor; que no es mi puerta
de doblados metales fabricada.
Así, Fabio, me muestra descubierta
su esencia la virtud, y mi albedrío
con ella se compone y se concierta.
No te burles de ver cuánto confío,
ni al arte de decir vana y pomposa
el ardor atribuyas de este brío.
¿Es por ventura menos poderosa
que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.
La codicia en las manos de la suerte
se arroja al mar, la ira á las espadas,
y la ambición se ríe de la muerte.
¿Y no serán siquiera tan osadas
las opuestas acciones, si las miro
de más ilustres genios ayudadas?
Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
de cuanto siempre amé: rompí los lazos:
ven y verás al alto fin que aspiro,
antes que el tiempo muera en nuestros brazos.



Andrés Fernández de Andrada.

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